viernes, 7 de mayo de 2010

"El Perro"


Os traigo una de las pinturas más enigmáticas de uno de los genios de la pintura española, el artista nacido en Fuendetodos (Zaragoza), Francisco de Goya y Lucientes que vivió y nos dejó su arte entre los años de 1746 a 1828. Éste fresco que nos ocupa, fué realizado por éste genio de la pintura entre 1821 y 1823.

Original y curioso cuadro que se encontraba en "la quinta del sordo" junto con las demás pinturas negras. Actualmente podemos disfrutar de él en el Museo del Prado de la capital del Reino. En este caso, la escena no es tenebrosa o sórdida, no hay aquelarres o brujas o monstruos sólo hay un perro, pero resulta sumamente inquietante. Vamos a ver, ¿qué hace el perro? ¿nada contra corriente? ¿pasa una duna de arena? ¿asoma tras una loma? ¿ se está ahogando o hundiendo en arenas movedizas?.

También nos preguntamos ¿dónde está? ¿es un arenal o una corriente o una montaña?. Aún queda otra pregunta ¿dónde mira el perro? Aparentemente no hay nada en su campo visual, pero el cuadro tiene una mancha. A pesar de todos lo análisis no sabemos si había algo o alguien pintado y Goya decidió borrarlo, dejando únicamente al animal fuera de todo contexto o escenario identificable.

Contempla el cuadro con calma y empápate de su misterio, puede que te sugiera otras cosas no vistas antes, por ejemplo esa tierna mirada del can que no sabemos si es de ternura o de miedo ante su posible cercana muerte. Observa que más de las dos terceras partes del cuadro están vacías, el horizonte es una línea diagonal, algo insólito, y la separación cielo-tierra resulta muy confusa. Como veis, el cuadro no es nada convencional.

La obra es el paradigma de lo desconocido, la duda de nuestra propia existencia y su inseguridad.

En cuanto a la técnica y estilo, es ya el del Goya maduro, despreocupado por las convenciones académicas que se basan en la línea y la composición equilibrada. Ésta escena, de formato marcadamente vertical, se halla completamente vacía en más de sus dos terceras partes. El tema está restringido por una diagonal, un modo poco habitual de resolver un horizonte. La separación entre el cielo y la tierra es por completo arbitraria, puesto que ambos tienen un tono amarillento desvaído, que solo la intensidad puede hacer que se diferencien, levemente. Y el tema es tan mínimo y a la vez tan impactante como esa pequeña cabeza animal. Es por lo tanto, una pintura de lo menos convencional, en la estela de la última producción goyesca.

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